martes, 27 de noviembre de 2012

CUENTOS

Érase una vez una niña que tenía una máscara.
Al principio dicha máscara no le encajaba del todo
por lo que sólo se la probaba para ella
mirándose, coqueta, en el espejo de la habitación.

Pero poco a poco notó que le iba quedando mejor,
así que empezó a jugar a ponérsela y quitársela
dependiendo de la situación a la que se enfrentase.

Con ella ocultaba sus miedos,
escondía sus emociones y controlaba sus nervios.
Podía ser fuerte y atrevida, alegre y valiente.
Lograba convertirse en otra persona distinta a ella
completamente.

Tanto se acostumbró a llevarla
que un día, al querer quitársela, se le quedó pegada.
No podía sacársela.
La niña se asustó mucho y fue corriendo a
mirarse en el espejo en el que se la probó por primera vez.
Se colocó enfrente pero no podía reconocer el reflejo que veía.

Lloró desconsolada y comprobó, horrorizada,
que las lágrimas no corrían por sus mejillas.
Con la máscara puesta,
no se veían.
De ahora en adelante
sólo podía llorar hacia dentro.
Sólo ella sabría cuando estaba triste,
o feliz, o asustada, o enamorada...
Porque de tanto llevarla,
la niña se quedó con la máscara para siempre
pegada.

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